Por Alejandro Rebolledo
Durante mucho tiempo en América Latina se entendió el crimen organizado como un problema básicamente policial: grupos, carteles, contrabando, narcotráfico. Y frente a eso, la respuesta lógica fue la persecución penal.
Pero esa forma de verlo ya no alcanza.
Hoy las organizaciones criminales no operan solo fuera del Estado.
Aprovechan sus vacíos, sus tiempos y sus debilidades, y se insertan en dinámicas económicas que cruzan fronteras.
No viven únicamente en la clandestinidad: conviven, de alguna manera, con la realidad institucional.
En 2019 señalé públicamente que desde territorio venezolano actuaban redes de delincuencia organizada con impacto regional. Con los años se hizo evidente que no era un fenómeno aislado, sino un cambio de naturaleza: la aparición de verdaderos ecosistemas criminales transnacionales que funcionan de forma coordinada.
Actualmente estas estructuras operan al mismo tiempo en varios países:
producen en uno, transportan en otro, financian en varios y se legitiman en distintos entornos.
Por eso, tratar el problema como un asunto exclusivamente interno conduce a conclusiones incompletas.
La cooperación internacional no debería verse como un gesto político ni como una concesión diplomática. Es, simplemente, una herramienta técnica para mantener estabilidad.
No se trata de intervención, sino de coordinación.
Los Estados ya no enfrentan organizaciones que quieran chocar frontalmente con la ley, sino estructuras que aprenden a convivir con ella aprovechando diferencias regulatorias, tiempos institucionales y asimetrías operativas. En ese contexto, la seguridad deja de depender solo de fronteras físicas y pasa a depender de la capacidad de compartir información útil de manera oportuna y discreta.
El crimen organizado evoluciona sin hacer anuncios. La respuesta eficaz debería funcionar igual.
Más que discursos fuertes, la región necesita mecanismos inteligentes de cooperación preventiva que reduzcan riesgos antes de que se conviertan en crisis. Ese es el verdadero desafío de nuestro tiempo.
Alejandro Rebolledo